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El privielgio de ser kanasinense.

 

Nacer y vivir la niñez en un Kanasin del segundo lustro de los 60´s y el primero de los 70’s ha sido un verdadero privilegio. Como todo infante el juego era casi lo único que hacíamos, en la mañana a la escuela, pero a partir del medio día el juego era lo mas importante. Jugábamos pesca-pesca, encantados, competíamos con la kimbomba, el trompo, el balero, y las canicas, armábamos pequeños campeonatos de béisbol y ocasionalmente fútbol, subíamos papagayos y tirábamos la chuca o retábamos a otros a férreas competencias de pasacola,  esa si era diversión.

Pero una actividad que sobresalía ante las demás era ir al monte a buscar piñuelas, cabe mencionar que los montes se hallaban a escasas cuadras de la casa. Para poder ir me escapaba de mi mamá, mi compañero de siempre era mi hermano Pepe, él era  muy flaquito, así que había que cuidarlo y protegerlo, odiaba andar con él pero el día que no me acompañaba me sentía incompleto, necesitaba a la “lombriz de agua puerca” junto a mi, él cariñosamente me decía “panzón de tá”, que ternura, como recompensa por el hermoso apodo le propinaba un uascop. Luego se unió a mis andanzas mi hermana Lida, el problema es que ella no aguantaba el trote y casi siempre salía lastimada.

Regresando a las piñuelas, ir a buscar piñuelas significaba romper mas de un mandato, íbamos sin permiso a buscar frutos que nos prohibían comer, aún así íbamos al monte y comíamos piñuelas. El pago por las faltas cometidas eran varias. Para obtener los preciados frutos es necesario luchar con una planta con infinidad de espinos, los brazos, cara y cuerpo se sometían a innumerables raspones. No había manera de cocerlos, así que los comíamos crudos, la resina de este fruto produce enormes ulceras y fogajes en la lengua y el paladar, estos permanecían en nuestras bocas por varios días. Y por último el castigo que nos infringía mi mamá, este consistía en baño para Lida, regaño para Pepe y fajazos para mi, por ser el mayor y el mal encaminador. No importaba en tres o cuatro días las raspadas cicatrizaban, los fogajes desaparecían, y los fajazos se olvidaban y de nuevo planeábamos ir a buscar mas piñuelas.

El tiempo pasa inexorablemente, 30 años después veo el pasado con nostalgia y pienso que esos días no volverán, No diré que esos días fueron mejor, fueron muy buenos pero creo que los actuales son excelentes y que el mañana será mejor aún.

No se puede vivir viendo hacia atrás, se debe ver hacia delante, por supuesto, pero sin olvidar el pasado el cual nos dice de donde venimos, hacia donde vamos y si el camino que llevamos es el correcto.

 

Pedro E. Gorocica Orozco

kanasinero@yahoo.com

Kanasin, Yuc. 1 de Marzo del 2001

 



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